Las imágenes de campamentos multitudinarios y filas interminables en las garitas del norte de México han dado paso a un panorama radicalmente distinto pero igualmente desolador: el vacío y la asfixia operativa. En ciudades emblemáticas como Ciudad Juárez y Tijuana, los albergues de la sociedad civil y órdenes religiosas operan hoy a un escaso 15% de su capacidad total, lo que ha detonado el cierre forzoso de casi la mitad de los refugios por falta de donativos y recursos de sostenimiento.

“El silencio en nuestros dormitorios no significa que la crisis migratoria haya terminado; refleja que la gente quedó varada en el sur de México o empujada a rutas clandestinas mortales, mientras los albergues nos quedamos sin recursos para sobrevivir.”
— Red de Casas del Migrante de la Frontera Norte
El impacto del fin definitivo de las citas de asilo
La cancelación definitiva del sistema de citas virtuales CBP One y la militarización del muro fronterizo provocaron una drástica reconfiguración de las rutas. Al no existir una expectativa real de ingresar a puertos de entrada oficiales, miles de personas ya no viajan hacia la línea divisoria norte, quedando contenidas en Chiapas, Oaxaca y Tabasco, o dispersándose hacia el empleo informal en zonas metropolitanas del interior.
El riesgo de desmantelar la red de auxilio humanitario
Activistas advierten que la desaparición de estos albergues comunitarios dejará a la frontera completamente desprotegida ante futuros repuntes migratorios o deportaciones masivas. Mantener abiertas las cocinas, dispensarios médicos y dormitorios requiere apoyo emergente tanto del gobierno mexicano como de agencias de Naciones Unidas, pues representan el único tejido de dignidad para quienes sufren el rechazo en el límite norte.