La migración se ha consolidado como uno de los fenómenos estructurales más relevantes del siglo XXI. Hasta 2024, más de 120 millones de personas han sido desplazadas forzosamente en el mundo, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, lo que equivale aproximadamente a 1 de cada 67 personas en el planeta. De ellas, cerca de 43.7 millones son refugiados, más de 70 millones desplazados internos y alrededor de 8 millones solicitantes de asilo. La cifra se ha duplicado en la última década, y más de dos tercios de los refugiados provienen de cinco países: Afganistán, Siria, Sudán, Ucrania y Venezuela.
En América Latina, la migración suele abordarse como una crisis social o política. Sin embargo, los datos cuentan una historia distinta: es, en realidad, uno de los motores económicos más dinámicos y menos aprovechados de la región.
La zona alberga más de 15 millones de migrantes internacionales, de acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones, en gran medida impulsados por el éxodo venezolano, que supera los 7.7 millones de personas desplazadas. Este flujo ha redefinido economías enteras.
A diferencia de otras regiones, la mayoría de las personas desplazadas permanece dentro de América Latina y el Caribe, donde varios países han facilitado procesos de documentación e integración. Colombia es un caso emblemático: con más de 2.5 millones de migrantes venezolanos, ha experimentado una expansión de su fuerza laboral y un aumento en el consumo. Lejos de desplazar empleo local, su presencia ha dinamizado sectores como comercio, construcción y servicios. El Banco Mundial estima que este proceso podría traducirse en un aumento del PIB potencial en el mediano plazo.
El mecanismo es claro: los migrantes no solo incrementan la oferta laboral, también generan demanda. Consumen, alquilan vivienda, emprenden y cubren vacíos en el mercado de trabajo. El Fondo Monetario Internacional estima que este fenómeno puede elevar el crecimiento económico entre 0.5% y 1% en el mediano plazo.
Por otro lado, las remesas se han convertido en un flujo silencioso pero determinante. América Latina recibió aproximadamente 156 mil millones de dólares en remesas entre 2023 y 2024, según el Banco Mundial, superando en muchos casos la inversión extranjera directa y la ayuda internacional. No obstante, su impacto tiene límites: la mayor parte se destina a consumo, alimentación, vivienda o educación, y no a inversión productiva, lo que restringe su efecto en el crecimiento de largo plazo.
México ocupa una posición única en el mapa migratorio global. Por un lado, es una potencia en recepción de remesas, que representan entre 3.5% y 4% del PIB, según datos del gobierno federal, y alcanzaron alrededor de 62 mil millones de dólares anuales en 2025; a febrero de 2026, se reportó un crecimiento anual del 0.4%. Este flujo beneficia a más del 11% de los hogares y constituye una de las fuentes más estables de divisas del país.
(Con información de FORBES)
