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“Viajar con una niña en brazos es rezar a cada paso”: La odisea de Rosaura y el abrazo seguro en el albergue

Rosaura cruzó dos fronteras cargando a su hija Sofía de tres años. En medio del terror de la ruta clandestina, encontró en el albergue leche tibia, pediatría y el alivio de poder dormir sin sobresaltos.

“No hay dolor más grande para una madre que tener que taparle la boca a su propia hija para que no llore mientras te escondes en la oscuridad. Viajar con un niño en brazos por esta ruta es pasar el rosario a cada paso que das.”

Rosaura tiene 27 años y es oriunda del departamento de Cabañas, El Salvador. Huyó tras ser hostigada por integrantes de una pandilla que pretendían adueñarse de su modesta vivienda y reclutar a su hermano menor. Con su hija Sofía de apenas tres años envuelta en una cobija de felpa, abordó autobuses informales y furgonetas hasta ingresar a territorio mexicano.

El terror del camino: Fiebre, frío y miradas que acechan

Para una mujer sola con un menor de edad, el corredor migratorio es un campo minado. En el estado de Puebla, Sofía enfermó de una bronquitis severa provocada por los cambios bruscos de temperatura. Sin dinero para un médico privado y con el temor constante a ser extorsionada en las terminales, Rosaura pasó noches en vela en gasolineras, rezando para que la fiebre de la pequeña no empeorara.

“Hubo momentos en que pensé que no lo lograríamos. La niña ardía en calentura y no tenía con qué alimentarla más que con agua de la llave. Escuchaba a otros compañeros migrantes hablar de asaltos y secuestros en los caminos del norte, y sentía que el aire se me acababa”, relata Rosaura con lágrimas que limpia discretamente con el dorso de su manga.

El santuario familiar: Salud, leche y protección

Al arribar a la Zona Metropolitana de Monterrey, una trabajadora social de una parroquia local la canalizó de inmediato a Casa Nicolás. Al cruzar el umbral del albergue, el protocolo de atención a la infancia vulnerable se activó en minutos.

“Un médico voluntario revisó a mi niña de inmediato, le recetó antibióticos y nos prepararon un biberón con leche tibia. Por primera vez en tres semanas, pude acostar a Sofía en una cama limpia, cobijarla y dormir sin miedo a que alguien abriera la puerta para hacernos daño. El albergue fue como un ángel en medio del desierto.”

— Rosaura, madre salvadoreña albergada en Guadalupe, N.L.

Con el acompañamiento del equipo jurídico del refugio, Rosaura inició formalmente su solicitud de reconocimiento de la condición de refugiada ante la COMAR y ACNUR, garantizando que su hija crezca en un entorno libre de violencia. Su historia visibiliza el rostro materno y valiente de la migración contemporánea.

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