“Llevaba cinco días comiendo únicamente pan duro recogido de la basura y tomando agua de charcos. Cuando hombres armados te quitan hasta la chamarra y los zapatos, sientes que para el mundo eres menos que una sombra. Pero cuando te sientan a una mesa comunitaria y te dicen ‘pasa, hermano, come’, el alma vuelve al cuerpo.”
Nelson tiene 42 años, oriundo del departamento de San Marcos, Guatemala. Agricultor de toda la vida, la pérdida consecutiva de cosechas por sequías prolongadas y las deudas con prestamistas locales lo obligaron a empeñar su parcela y emprender el viaje hacia el norte para salvar el patrimonio de sus tres hijos.
El asalto en los llanos del norte
Su calvario se agravó al aproximarse al corredor industrial del norte. En un paraje solitario entre Ramos Arizpe y la periferia de Monterrey, el tren se detuvo intempestivamente. Sujetos con machetes y armas cortas rodearon a los migrantes agazapados entre los vagones tolva. Nelson fue despojado de su mochila, su teléfono, el poco dinero cosido al pantalón e incluso de sus botas de trabajo.
“Caminé casi veinte kilómetros descalzo por el balasto de las vías. Las piedras afiladas te van rajando la planta del pie. Llegué a la zona urbana arrastrándome, con quemaduras de sol de segundo grado en los hombros y la garganta seca como lija”, narra.
La magia de la mesa compartida
Vecinos solidarios de la colonia Guadalupe Victoria lo vieron desfallecer en una esquina y lo auxiliaron para trasladarlo a Casa Nicolás. Tras ser estabilizado con suero oral y curaciones antisépticas, Nelson fue invitado al comedor.
“Ver esa mesa larga de madera con platos hondos de sopa de fideos, frijoles refritos, tortillas recién hechas y ver a compañeros hondureños, venezolanos y mexicanos pasándose la jarra de agua… Se me cayeron las lágrimas. Nadie nos preguntó si teníamos papeles o de qué religión éramos. Nos miraron como a hermanos iguales.”
— Nelson, 42 años, campesino guatemalteco
Nelson destaca que el valor de los albergues no se mide en metros cuadrados ni en estadísticas frías, sino en la capacidad de tejer comunidad en medio del desarraigo. Tras reponerse físicamente, recibió calzado adecuado y orientación para comunicarse con su familia en Guatemala, que ya lo daba por desaparecido.