Gustavo Gordillo
Durante la campaña presidencial de 2016, el candidato Trump, en uno de sus tantos momentos de locura retórica, se jactó de seguidores tan absolutamente fieles que bien podía dispararle a un individuo en la Quinta Avenida y aún así seguirían apoyándolo. Tenía razón.

Pero ahora ha decidido doblar su apuesta. Atrapado como vulgar ladrón con las manos en la masa por una denuncia anónima, que desenmascaró sus intentos por chantajear a un gobierno extranjero –Ucrania– para que investigara los asuntos aparentemente turbios de un hijo de quien probablemente sea su oponente por el Partido Demócrata en las elecciones de 2020; solicita ahora en público ese apoyo no sólo a Ucrania, sino tambiéna China.

El informe del fiscal especial Mueller, quien investigaba sus relaciones secretas con Rusia para perjudicar a Hillary Clinton en la campaña de 2016, concluyó con más dudas que confirmaciones, aunque para muchos constitucionalistas e intelectuales no partidistas se podría haber construido un caso de obstrucción de la justicia. Ahora en el caso de Ucrania parece más evidente la extorsión a un gobierno extranjero para que termine dañando al hijo de su probable contrincante político. Por ello la sagaz política Nancy Pelosi decidió iniciar el proceso de revocación de mandato.

Pero tomemos unos pasos atrás para reiterar algunas afirmaciones.

El inquilino de la Casa Blanca tiene un propósito en la vida: ganar a como dé lugar. Él cree que lo ha logrado, pero si analizamos con rigor su trayectoria, lo que resalta son derrotas sistemáticas a pesar del uso contumaz de la mentira.

Como presidente se ha dedicado a socavar la democracia estadunidense, a romper el frágil orden mundial, a aliarse con la peor calaña de dictadores y a rodearse de sicofantes y rufianes.

Lo único que lo guía es ganar su reelección, nosólo porque siempre quiere ganar, sino, sobre todo, porque si pierde va derecho a enfrentar miles de litigios penales y civiles que terminarán llevándolo a dondemerece estar.

Pero Trump debe entenderse como un síndrome. ¿Cómo alguien que pierde por cerca de 3 millones de votos de ciudadanos gana la presidencia? Desde luego entran en juego los arcaísmos del sistema presidencial de Estados Unidos, pero quizás los signos más impactantes tienen que ver con la distribución territorial del voto a favor de Trump.

Un estudio producido por el Centro Niskanen – The Density Divide, junio 2018– encuentra los siguientes datos de carácter territorial ligados a la densidad de la población en la distribución de las elecciones presidenciales en 2016.

Donald Trump ganó en 80 por ciento de los condados de Estados Unidos, donde sólo vive 45 por ciento de la población total. Hillary Clinton dominó en las ciudades de más de un millón de personas –de hecho, Trump no ganó ninguna de estas ciudades–, donde vive 56 por ciento de la población. Los condados de baja densidad poblacional son étnicamente homogéneos –más de 60 por ciento son blancos. Además, son relativamente pobres, porque todos los condados que votaron por Trump aportan sólo 36 por ciento al producto interno bruto de Estados Unidos. Los condados que votaron por Clinton aportan el 64 restante.

Esta población explica su marginación económica y social con prejuicios de carácter racista, misóginos y religiosos. Sus enemigos, eso lo entendió bien Trump, son los migrantes, los afroamericanos, los hispanos, las mujeres y los promotores de familias diversas.

Esa cultura del prejuicio fue alentada y fomentada primero por segmentos marginales del Partido Republicano, luego por un injerto ultrarreaccionario –el Tea Party– con fuerte base popular, y finalmente hizo metástasis. Hoy el Partido Republicano es un apéndice de Trump. Trump se siente envalentonado. Es un síndrome peligroso.

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