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CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El mayor autoengaño político en México es la creencia de que las elecciones son libres, democráticas y equitativas. El fraude electoral ya no sólo lo aplica un partido: el PRI. Se ha “normalizado” como práctica en el PAN, PRD y otros, ante la certeza de que el voto es una mercancía y no un derecho, y que la “alquimia” es una franquicia exportada por el PRI.

En competencias tan reñidas como en el Estado de México o en Coahuila, el fraude electoral se vuelve más visible e indignante porque ahí observamos con todo su despliegue las artimañas para impedir la equidad y la justicia electoral: compra y coacción del voto, intimidación vía telefónica y redes sociales (el ingrediente nuevo), alteración del padrón electoral, condicionamiento de programas y servicios públicos, y el uso del crimen organizado y del aparato burocrático para aplastar al opositor.

El caso del Estado de México es doblemente grave. El candidato priista Alfredo del Mazo no venció en “final de fotografía” frente a Delfina Gómez, de Morena, porque antes, durante y después del ejercicio del voto fueron claros los ingredientes del fraude.

En estos distritos el número de votos nulos superó la diferencia entre los dos candidatos punteros. Además, se inflaron los votos a favor de Del Mazo, contando de manera doble los sufragios de su coalición con el Partido Verde y Nueva Alianza.

La fase más delicada es la que iniciará con el conteo en los 45 distritos electorales. Si la elección no se “limpia” con la apertura de al menos los paquetes electorales de ocho distritos, estaremos en una fase más del conflicto poselectoral.

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