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SANTOS ENRIQUE AGUSTIN HERNANDEZ

 

 

Cuando el tren inicia su marcha hacia el norte en Arriaga, Chiapas, las ruedas metálicas comienzan a rechinar infernalmente. Primero se sacude la bestia de acero y los migrantes que van empotrados en su lomo se aferran como pueden, jugándose la vida. Luego brama y se empieza a mover, y con agudo silbido rompe el silencio nocturno a cientos de kilómetros de Izabal, Guatemala, de donde era oriundo Santos Enrique.

 

Los migrantes centroamericanos son como los salmones que nadan río arriba, siempre a contracorriente, siempre escabullendo del peligro de ser atrapados, siempre buscando un remanso y un mejor lugar para vivir y reproducirse.

 

Santos había dejado atrás las montañas, selvas y ríos que hacen de su pueblo uno de los más hermosos de su país; atrás quedó también  el lago al que los vascos le pusieron Izabal y las playas de arena blanca que buscan tanto los turistas, hechizados por los apacibles manatíes.

 

El sueño de ir al norte le había atraído desde joven y a sus 41 años seguía siendo su ilusión. Por eso dejaba las mejores tierras de su querida Guatemala, para hacer realidad su sueño, como muchos miles de centroamericanos que han montado la bestia de acero que atraviesa el infierno mexicano.

 

Cruzó esta vez la frontera a contracorriente, siempre a contracorriente, Santos miraba hacia el norte como un faro en la oscuridad. Solo que ya no pudo alcanzar el otro lado del río. Unas balas lo cegaron.

 

La noche del 24 de septiembre era lluviosa en el valle de Ciudad Guatemala. Los torrentes aguaceros no dejaban que el avión aterrizara. Por fin tocó pista en las instalaciones  de la Fuerza Aerea guatemalteca, donde los esperaba el presidente y una escolta militar.

 

Santos Enrique nunca pensó tener una recepción tan importante al regresar a su tierra. Esa noche ya no hubo lágrimas ni despedidas, tampoco aulló la bestia de acero antes de empezar su marcha. Esta vez hubo banderas e himnos, medallas y condecoraciones en su honor. Era un héroe, un migrante convertido en héroe, pero su familia fue a recibirlo en un ataúd cubierto de flores.

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