He acudido al Museo de culturas  populares,en Monterrey, para presenciar los tradicionales altares de muertos. Y cuál fue mi sorpresa que  hay uno dedicado a los miles de inmigrantes que han desaparecido: “No son cifras, tienen nombre”. Me impresionaron los detalles del altar, como esos zapatos decorados con  paciencia de orfebrería. Obviamente corresponde a las madres que también han sufrido la desaparición de sus hijos en Nuevo León, producto de la guerra que se traen los carteles. A continuación les presentamos el texto que acompaña a este singular altar:

 

A la cálida aritmética cotidiana de nuestros hábitos y afectos –mi única abuela, el

segundo de tus hijos, los tres amigos con los que compartimos nuestra infancia– la

secuestra el álgebra abstracta del dinero: los cien pesos que pueden ser lo mismo un libro que cambie tu vida, una tarde en el cine o el boleto de camión de un migrante que no sabe que está a punto de iniciar el último viaje de su vida.

Más todavía se pierden los significados de los dos mil trescientos o tres mil doscientos millones o miles de millones de pesos o dólares o euros que el señor secretario nos anuncia que se invertirán o se invirtieron o se necesitan para el enésimo programa que nadie sabe para qué sirve pero sí en las cuentas de banco de quiénes terminarán.

En esta danza perversa de las abstracciones que en su movimiento intercambiable se borran para dejar en nuestras manos un puñado de olvido, los que operan desde sus búnkers y sus computadoras la guerra insensata que vivimos y que nadie pidió quieren sumar a nuestros hermanos y hermanas, primos y primas, amigas y amigos, maridos y esposas, hijas e hijos, nietos, abuelas, compañeras y compañeros de camino.

No lo permitiremos. Con los hilos rojos que tejen nuestras manos, con las palabras e imágenes que recorren las redes y dan forma a las páginas, con las historias que no cesaremos de repetir, reivindicamos nuestro derecho a la memoria, que asumimos como un deber para con todos los nuestros que no debieron morir.

Los niños y niñas de Hermosillo que perdieron la vida en un laberinto criminal de

negligencia –cuyos responsables quieren que olvidemos entre torres de actas

burocráticas–, los migrantes que por perseguir un sueño duermen ya para siempre a lo largo de una ruta de ignominia, las víctimas de la violencia que en seis años de pesadilla nos han sido arrebatadas junto con su futuro que nunca ha ya de llegar, no son cifras, tienen nombre. Y nos tienen a nosotros, que somos a un tiempo sus hermanos y hermanas, sus madres y padres, sus hijos e hijas, que habremos de repetir esos nombres, de recordar sus rostros y sus sonrisas generación tras generación, en un compromiso de hacer prevalecer la memoria sobre el olvido.

Contingente Monterrey

FUNDENL

Octubre-noviembre 2012

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