POR ROBERTO GUILLEN

Adoro los libros. Sin ellos no sabría decir de mi existencia. Tantas horas huecas que he sufrido por no tener a la mano un buen libro. Y tantas horas placenteras por haberme encontrado con el libro ansiado. O más bien, haber sido encontrado por el mismo libro. A 72 Migrantes me lo encontré en el Museo de la Memoria y Tolerancia, en la Ciudad de México. De inmediato sentí un amor por el mismo. Lo acaricié y pasé sus páginas por mi olfato, pero no lo adquirí hasta unos tres meses después. Pero durante ese lapso constantemente me preguntaba quién o quiénes son los dueños de esa editorial. ¿Cómo fue que la editorial Almadía decidió expresar lo que somos? Y en qué momento un proyecto editorial apuesta por escalar el Renacimiento de una sociedad? Ya sé que la compilación de textos corresponde a la afamada periodista Alma Guillermoprieto, pero no sólo estoy impresionado por el contenido, sino por lo que simboliza para nuestro pueblo. Miren el desmadre en que nos han metido los narcopolíticos. No solamente han desgarrado a miles de familias, sino que han desfigurado nuestra gran tradición como un país hospitalario. ¿Cuántos artistas, escritores, pensadores, etc., se han exiliado en México? Lo grave es que a los hombres del poder solamente les interesa acumular riquezas. Y cuando tienen prisa por echar a andar su caja registradora, la imagen de México la quieren arreglar a base de spots y otros enjuagues cosméticos. Pero la hemorragia social continúa. 72 Migrantes toca los nervios de la dignidad humana. Cada ser humano que perdió la vida en San Fernando Tamaulipas, es llevado a la tinta y el papel del alma mexicana. Entre otros y otras, escriben Juan Villoro, Elena Poniatowska, Gael García Bernal,Diego Enrique Osorno, Roger Bartra, Braulio Peralta, Saúl Hernández y Martín Solares.

A continuación les brindó el texto de Alberto Chimal, a quien le correspondió escribir sobre un migrante no identificado y como registro lleva el número 32:

No sé el nombre de esta persona, que tuvo una muerte injusta y brutal. Tampoco sé los detalles de su biografía. Pero conozco su historia. Y la conozco porque es la de muchos otros: miles que intentan sobrevivir en un mundo que no está hecho para que sus pobladores subsistan y tengan al menos un poco de dignidad y justicia a lo largo de sus vidas. Cuando la situación se volvió insostenible en su lugar de origen, quiso buscarse otro: quiso seguir la ruta espantosa que lleva, según debe haber escuchado muchas veces, a una versión del “sueño americano” que le parecía posible: un poco más de trabajo, un poco más de dinero, una existencia precaria, pero al menos capaz de continuar. Una posibilidad de seguir con vida.

En la lengua española hay palabras para nombrar la muerte que da un individuo a otro individuo. También las hay para cuando muchos matan a muchos otros. Pero no hay una palabra que nombre la muerte dada a uno por todos los demás. Esa palabra nos haría falta ahora, porque es la que describe lo que le sucedió a este hombre. No lo mató solamente un sicario, o una banda. Lo matamos todos. Ustedes y yo. Lo matamos, si no con armas, con nuestra inacción y nuestra indiferencia. Cada uno de nosotros tiene en sus manos aunque sea un poco de sangre, del sabor o del aroma o la memoria de su sangre.

Facebook Twitter Email