“Cuando vas arriba del vagón a la medianoche, agarrado del fierro con los dedos entumidos, dejas de pensar en quién eres. Solo piensas en no pestañear para no caerte bajo las ruedas. El tren te quita el miedo, pero también te quita el nombre.”
Carlos tiene 24 años y las manos marcadas por el trabajo duro en la construcción. Salió de la colonia Rivera Hernández, en San Pedro Sula, Honduras, luego de que el cobro del “impuesto de guerra” hiciera imposible mantener el pequeño taller mecánico donde laboraba con su tío. Las amenazas telefónicas se transformaron en ráfagas contra la fachada de su casa; la única alternativa era caminar o morir.
El calvario de las vías y el asedio en Veracruz
Cruzó el río Suchiate en balsa con una mochila de lona y dos mudas de ropa. El trayecto por el sur de México estuvo plagado de peligros: en Coatzacoalcos, grupos de extorsionadores que operaban en los andenes intentaron cobrarle 200 dólares por permitirle abordar el convoy. Tras correr campo traviesa y esconderse entre matorrales durante dos días bajo una lluvia torrencial, logró trepar a un flete con destino a San Luis Potosí y finalmente a la Zona Metropolitana de Monterrey.
“Llegué a Nuevo León con los tenis destrozados, los pies llenos de ampollas infectadas y tres días sin probar bocado caliente. No sabía qué hacer ni a dónde ir. La gente en la calle a veces te mira con recelo, como si trajeras una enfermedad”, recuerda con la mirada fija en el suelo.
El umbral de la dignidad: El recibimiento en el albergue
Fue otro migrante en los alrededores de la estación quien le habló de Casa Nicolás: “Ve a Guadalupe, hermano. Allá hay comida, no cobran y te tratan como a gente”. Al cruzar el portón de la calle Emiliano Zapata, la primera impresión de Carlos fue de incredulidad.
“Una señora voluntaria me miró a los ojos, me dijo ‘buenas tardes, hijo, bienvenido’, y me pasó un vaso de agua fresca. No me pidieron dinero. Me curaron las llagas, me dieron ropa limpia y un plato con frijoles y arroz humeante. Sentí que volvía a nacer. En las vías uno se siente un bulto; aquí te recuerdan tu nombre.”
— Carlos, 24 años, originario de Honduras
Durante su estancia, Carlos recibió orientación jurídica por parte del equipo del albergue para evaluar su caso y entender los requisitos de regularización por razones humanitarias. Hoy, Carlos sueña con aprender soldadura industrial y enviar recursos a su madre. Su historia encarna la resiliencia de miles de jóvenes centroamericanos para quienes los albergues comunitarios representan la diferencia entre la desolación y la esperanza.