POR FEDERICO CAMPBELL

Tal vez tengan que pasar varios años para discernir si a nuestra época se le identificará históricamente con la criminalidad. Las nociones de Estado, país, nación, gobernabilidad, tanto como los indicadores económicos, cambian de matiz o sustancialmente y es probable que necesitemos nuevas categorías para entenderlos. Porque hay un factor que siempre ha estado en la sociedad pero que nunca había tenido una beligerancia tan portentosa como la de ahora: la delincuencia organizada.

Somos contemporáneos de la mundialización del delito.

Las estadísticas que tratan de establecer el producto interno bruto, el ingreso per capita, el índice de las remesas procedentes del exterior, la cantidad de millones de dólares que los mexicanos guardan o invierten en otros países, se distorsionan porque no se pueden calcular los flujos de la economía criminal.

Hemos transitado de la era de las ideologías a la criminal porque, a pesar del desarrollo tecnológico o gracias a él, estamos asistiendo a una cada vez mayor criminalización del mundo. Esta toma de conciencia (más que una sospecha) no es nueva. Ya en los años 70 se hablaba, por lo menos entre los escritores, de una “sicilianización” del planeta, como si el modus operandi de la mafia hubiera permeado las formas de hacer política y de gobernar. Había ya la sensación de que se mezclaba la actividad delincuencial con el ejercicio del poder formal del Estado, en todas sus dimensiones: ejecutiva, legislativa y judicial. En esta transformación los jueces (los magistrados que llevan la toga pretexta) son tan importantes como los legisladores y los funcionarios administrativos. Y la policía, por supuesto. Sobre todo la policía y el ejército. El interés general (o el llamado bien común) se ha perdido de vista y en algunos países se gobierna para proteger a los diversos grupos hegemónicos de cada país.

Si en este tramo de la historia somos contemporáneos ya de la “edad del crimen” o de la “era de la criminalidad” se debe en gran parte a que ha cambiado la composición de lugar y de poder en el planeta. Ya no estamos viendo la película que veíamos antes. Las guerras ya no son las mismas (enfrentamiento entre Estados, conquista territorial). En el mundo moderno el territorio, por grande que sea, a veces no tiene ningún valor material ni estratégico. Lo que cuenta es el poder económico y militar.

Los actores beligerantes de nuestro tiempo son las mafias, las milicias tribales, los terroristas, los narcotraficantes y los mercenarios al servicio de todos ellos: grupos armados que se desmarcaron del Estado. Y si los grupos criminales han progresado como nunca a escala mundial es porque la nueva tecnología les favorece, porque cayó el muro de Berlín, y porque su capacidad financiera y de fuego es mayor que la de muchos países. La tecnología de punta en las comunicaciones —que antes era de uso exclusivo militar—, como internet, ahora sirve para hacer más eficiente y productiva la labor criminal.

Es otra la relación de fuerzas, la geopolítica, y por tanto el contexto en el que México enfrenta sus problemas internos. Se han desvanecido por lo demás las nociones que antes definían la naturaleza del Estado: el de monopolista de los instrumentos de violencia. El enemigo ya no es otro Estado nación (aunque no se puede olvidar el conflicto entre India y Pakistán). Todo esto cambia las reglas del juego. Los protagonistas de las guerras se mueven más por sus creencias tribales, raciales y religiosas.

Hace cinco años The Economist ya publicaba que en el mundo se mueven 15 millones de contenedores —el 90 por ciento del comercio mundial— y sólo el 2 por ciento pueden ser controlados por las aduanas. No hay fuerza aduanera que pueda controlarlo todo.

Nunca como ahora la extensión de la economía criminal había sido tan grande: un verdadero desafío armado y logístico a lo que queda del Estado moderno en este tramo de la historia.

Misha Glenny, autor de McMafia, periodista británico de origen ucraniano, cree que todo esto es consecuencia de la globalización —la tecnología ha multiplicado las ganancias del crimen— y que la nuestra es la edad de oro de la mafia: la edad del crimen.

No estaríamos hablando de estas cosas si no fuera por un libro recientemente aparecido: El G-9 de las mafias en el mundo, obra del criminólogo francés Jean-François Gayraud.

“Las mafias no son un fenómeno marginal, sino un poder oculto y configurador del escenario mundial que maneja cifras de dinero mareantes.”

“Se trata de una realidad geopolítica instalada en la médula del entramado político y económico de la sociedad.”

Entonces, más que la “era de la información”, como le gusta llamarla a Manuel Castells, estaríamos viviendo ya en la “era de la criminalidad” como nunca antes en la historia, por su profusión, por su fuerza, por su liga secreta y solapada con representantes del Estado, los partidos políticos y los jueces de la más alta investidura.

 

Un lugar complicado

Natalia Mendoza Rockwell ha hecho un estudio sobre los efectos que el narcotráfico ha tenido en el imaginario narrativo de un pueblo sonorense. Cuando presenta su tesis con este tema en el Colegio de México, antepone a su título las siguientes palabras: “Un lugar complicado”. Se trata de una noción procedente de la antropología que en su vertiente etnográfica, su método, se ocupa de las tradiciones, las costumbres y la moral de los pueblos y a veces se confunde con el reportaje periodístico o la novela de corte realista.

Una de las características del “lugar complicado” es que no se puede adivinar su futuro ni saber la clase de orden que se está formando en su seno.

“LA INTIMIDAD DEL DESIERTO. MORAL, IDENTIDAD Y TRÁFICO DE DROGAS EN UN LUGAR COMPLICADO”, título de la tesis, ha sido publicada por el CIDE (Centro de Investigación y Docencia Económica; México, 2008) con el título de Conversaciones en el desierto. Cultura, moral y tráfico de drogas.

Pero dentro de las costumbres y la moral ambiente alteradas en los últimos 25 años, prácticamente de una generación a otra, lo que se palpa de manera concreta son los cambios que se van dando en las relaciones laborales, entre patrón y empleados, pero también en la dinámica interna del grupo familiar. A muchos les puede preocupar, en aras de la vieja moral ranchera, pero a otros en nada les afecta que quiera casarse con la hija de algún jefe de familia un muchacho evidentemente involucrado en el tráfico de drogas; uno de esos jóvenes que desaparecen de pronto una temporada y luego vuelven con camioneta nueva, botas de 500 dólares, y la cartera “negra”, es decir, repleta de billetes. Todavía hace veinte años, un pretendiente semejante podría despertar objeciones entre los miembros de algunas familias. Ahora no tanto. Incluso dentro del orden natural de las cosas se asume que la novia se vuelva viuda en unos cuantos años, viuda joven y

sin duda rica.

La estudiante ha creído pertinente desmarcarse de las elaboraciones metodológicas y demasiado abstractas (o estadísticas, como las que elaboran los bancos internacionales) para tender un cable a tierra y estudiar en vivo, a ras del suelo, lo que está sucediendo en Santa Gertrudis, porque lo cierto es que un estudio etnográfico permite entender cosas sobre el tráfico de drogas: la forma en que se arraiga localmente, su interferencia con otros asuntos de la vida comunitaria y las transformaciones que impone. Establece un contexto y muestra cómo es que alguien, joven o de cualquier edad, se vuelve mafioso. “Permite mostrar la naturaleza porosa de lo que llamamos crimen organizado y poner en duda la imagen mediática que muestra a los cárteles como organizaciones impermeables divorciadas de las sociedades que las albergan.”

El narcotráfico no es sólo lo que los grandes capos y los políticos manejan como negocios de altura, campañas políticas electorales y blanqueo de dinero en instituciones financieras. El narcotráfico también es, en la vida cotidiana, el mundo de los burreros (en Tijuana se les dice burros) que cargan veinte kilos de mariguana en fila india y de noche a través de la frontera hasta la inmediaciones desérticas de Tucson. O el de una pareja que, para reunir el dinero suficiente para su boda, decide pasar 50 kilos de mariguana escondidos en el compartimiento secreto de un pick-up. A ese paquete le llaman “clavo”.

¿Se acepta localmente el narcotráfico como una actividad legítima? ¿Qué posición ocupan las personas dedicadas a ese furtivo trasiego en la estructura social local? En realidad no hay un modelo sencillo que explique la relación de la comunidad con el tráfico de drogas; todo depende y todo está en discusión. Lo importante es entender la mentalidad del pueblo que le da cobijo. ¿Es bueno? ¿Es malo? ¿Es relativo? Según y cómo.

Santa Gertrudis también es un lugar de paso: de tráfico de personas. Y es sobre todo la inmigración —en el pueblo muchas familias, aunque no todas, están haciendo negocio con comidas y hospedaje y lo que derraman en dinero los polleros— y no el narcotráfico lo que produce en la población la sensación de que todo el antiguo orden se está derrumbando. La migración se vive como una amenaza directa a la comunidad, en la que el orgullo ranchero se levanta contra las actividades ilegales y anexas.

Luego vienen unos capítulos sobre el beisbol, las carreras de caballos, las peleas de gallos y un planteamiento sobre el narcotráfico y la participación política de los partidos. La moral ranchera tradicional choca con la nueva moral al sopesar las relaciones que se establecen con el dinero y los bienes de consumo, o los simbolismos que se atribuyen al riesgo, la violencia y la muerte.

Si Natalia Mendoza se atreve a hablar de cultura ranchera o cultura del tráfico de drogas en Santa Gertrudis, el pueblo de su familia paterna, es porque con ello entiende y desglosa la producción histórica, siempre conflictiva y ambigua, de significados y prácticas.

Santa Gertrudis —a un paso de la frontera entre Sonora y Arizona, de unas catorce mil almas— tiene una atmósfera de “viejo oeste moribundo”. Es un pueblo poco adornado y con un verano de siete meses. No ha olvidado su orgullo ranchero, pero la mitad de sus hectáreas de riego están semiabandonadas. Sus pobladores tienen vocación de ganaderos, pero pocas vacas. Antes en Hermosilllo no se vendían boletos de autobús para Santa Gertrudis: tenía que pedírsele al conductor que, por favor, se detuviera junto a la iglesia.

Como en muchas ciudades del norte, el automóvil es un signo de identidad personal y de status social. Es mucho más que un medio de transporte enajenante e individualista. La gente se reconoce por el auto, se saluda de carro a carro con un sonido o un cambio de luces. En los autos se dan las conversaciones más íntimas, los negocios, el consumo de alcohol y de drogas, la seducción y las relaciones extramaritales.

Pero lo más importante es ir a “dar la vuelta”. Se sabe de una familia que vivía en un rancho muy apartado. Los domingos, después de bañarse y vestirse bien, se subía la mitad de la familia a la camioneta, daba vueltas alrededor del rancho y saludaba desde el vehículo a la otra mitad del rancho que se sentaba enfrente de la casa para verlos pasar.

Su análisis de las percepciones que en el pueblo de Santa Gertrudis se tienen sobre el trabajo, el dinero, los bienes de consumo y la ostentación abre caminos interesantes para el estudio del crimen organizado y su implantación en otras comunidades específicas del país. La misma metodología etnográfica podría transferirse a una ciudad fronteriza como Tijuana para estudiar, por ejemplo, cómo la sociedad tijuanense ha asimilado la cultura del narco e integrado en sus esferas más altas a familias y parientes de narcotraficantes. También podría imaginarse un análisis de los cambios que se han producido en la moral ambiente, en las relaciones comerciales y amorosas, de todo el país: una suerte de indagación en los cambios de mentalidad a nivel nacional y en los modos de hacer política.

¿Qué consecuencias ha tenido la economía criminal en el imaginario colectivo del mexicano?

La estudiante del Colegio de México —que tuvo como director de su tesis a Fernando Escalante Gonzalbo— se acerca a los habitantes de Santa Gertrudis como entrevistadora de campo.

El libro hubiera podido titularse “Conversaciones con el desierto” porque su parte más divertida y amena está en la serie de entrevistas que realiza la etnógrafa: con padres, adolescentes, “burreros”, novias de agentes judiciales o de narcos, madres de familia, políticos, ganaderos, profesores de escuela. Y en efecto estas conversaciones humanizan la palabra desierto, evocan lo contrario de “predicar en el desierto”, y convierten al desierto en un interlocutor, un narrador vivo y locuaz que se hace uno con el narrador inconsciente del pueblo.

 

* * *

—¿Al patrón de tu papá lo has visto?

—Es chaparrito, siempre de trajecito. Nunca en la vida me ha tocado ver a una persona con tanto pinche dinero y que sea tan servicial, tan buena gente. A los burreros les habla de por favor, de usted. Y siempre trajeadito. Es súper educado, por eso la gente luego le achaca que es joto. Lo que pasa es que es muy educado y político para hablar.

 

1. * *

 

—¿Has andado con judiciales?

—Con uno, con E.

—¿Cómo era?

—Es una misma pinche cosa. Yo no hallo mucho la diferencia entre judiciales y narcos. Hacen los mismo. Lo único es que trae charolita.

—¿Cómo era?

—Buena onda, medio mamonsón, típica actitud de mafiosito mamón. Andaba en lo mismo. Aquí nada más se trata de agarrar feria, a la gente le vale madre, Nadie, menos los judiciales, ninguna ley.

 

* * *

 

—El dinero del narcotráfico se parece al dinero de las apuestas, que es el otro que no dura y tiende a crear desgracias. No se gana, porque no implica trabajo.

 

* * *

 

—El tráfico de drogas ofrece una especie de subsidio, un tiempo de gracia, al viejo estilo de vida; permite mantener ranchos que ya no son rentables, permite no migrar y, sobre todo, no incorporarse al mercado del trabajo asalariado.

 

* * *

 

—¿Te has imaginado ser tú una mafiosa?

—Pues sí, alucinando, acá…

—¿Y cómo te imaginas?

—Perrón, acá, chingona. Con un carro poca madre, arreglada con batos pesados y la chingada…

—¿Alguna vez lo has hecho?

—No mames, morra, no te puedo contar eso. Siento como si mi amá me estuviera oyendo.

 

* * *

 

—Ahora ya no encuentras quién te limpie el corral o te arregle un cerco. Prefieren aventarse tres días burreando y ganar lo de un mes.

—¿Está mal?

—Para nada, es un trabajo como cualquier otro. Tiene sus riesgos, no es tan fácil, no matas a nadie. Que lo vean mal es otra cosa. Pero dinero fácil… dinero fácil pura madre. Es una pinche putiza.

 

* * *

 

La autora se pregunta si no fue el exotismo de la narcocultura lo que la llevó a ese pueblo del norte de Sonora. En lugar de ello se encontró con la vigencia de la moral y las normas rancheras de la tradición cívica sonorense. Sea como haya sido, su conclusión es que el narcotráfico como contracultura (los narcocorridos, la violencia, el machismo) es un fenómeno relativamente marginal. “Un cambio importante es un paulatino divorcio entre el esfuerzo y el mérito, que era uno de los pilares de la sociedad ranchera de Santa Gertrudis, una progresiva devaluación del esfuerzo físico”.

La gente se va al narcotráfico hormiga para hacerse de mil o dos mil dólares en un par de días, pero sabe que el “dinero fácil” también se va fácilmente de las manos.

“El dinero de la burreada te dura una semana, y se me hace mucho. En dos o tres días ya no tienes un cinco. Es rara la gente de aquí que se dedique al narcotráfico y que tenga algo.”

En cuanto a los criterios identitarios siempre hay —se establecen, se construyen— diferencias y clases entre los nativos de Santa Gertrudis: la ley de la selva viene del sur y los únicos que matan —en la perspectiva local– son los sinaloenses. No sólo no es lo mismo un narco colombiano que uno mexicano, sino que nadie en Santa Gertrudis diría que es lo mismo un narco del pueblo que uno de Sinaloa.

Cuando la autora afirma que nunca había habido en Santa Gertrudis tanto dinero, tantas casas lujosas, y prevalece la sensación de que todo se derrumba, de que todo y todos están corrompidos, de que el precio moral que se paga por ese auge es excesivo, está deslizando una ironía tangencial respecto a que la modernidad y el progreso lo curan todo. También adelanta una crítica a la idea de que la modernidad se sitúa en el centro y no en la periferia. Ciertamente Santa Gertrudis es un lugar absolutamente periférico, pero es también perfectamente cosmopolita y global. No sólo es un pueblo: es una región constelada de la fonética mas bella de los pápagos: Tubutama, El Atil, Oquitoa, El Sáric, El Sásabe.

Lo paradójico es que es un pueblo moderno: con una carretera que lo parte por la mitad, a una hora de la frontera con Estados Unidos, con tres cafés de internet, con una enorme densidad de automóviles, teléfonos celulares y aparatos de televisión. Santa Gertrudis es un lugar con un mínimo de analfabetismo, con seis escuelas primarias laicas; un lugar cosmopolita: donde hace muchos años llegaron chinos, japoneses, franceses y un par de griegos, donde pasan diariamente miles de personas de todo México y Centroamérica y algunos de Venezuela, Brasil, y hasta de Filipinas, Rusia y China. Sin embargo ahora, el antes apacible pueblo de Natalia ha padecido y llorado en los útimos días, después de que la estudiante escribiera su tesis, el secuestro y el asesinato de cinco muchachos. Pero ni la prensa ni la televisión nacionales informaron del caso.

 

 

 

 

 

 

Gran finale

 

Pero por lo pronto, podemos decir que nos ha tocado vivir un mundo tan maravilloso como trágico. No hay necesidad de argumentar este aserto. El siglo

XX ha sido el de la descolonización y el de las grandes migraciones del campo a las ciudades, el fin de la guerra fría, la revolución electrónica, las revelaciones de la neurología (el descubrimiento de esa terra incognita que sigue siendo el cerebro). Nunca antes se habían inaugurado en el escenario político tantos países, más de ochenta. Empieza a llegar a la jefatura de los Estados una nueva generación de políticos, a la Casa Blanca por ejemplo.

Si en las civilizaciones antiguas lo que tenía más valor era la tierra y la máquina, “en la civilización que está surgiendo ahora no habrá nada más valioso que la mente humana, su capacidad de conocer y crear”. Ojalá que una mayoría cada vez más numerosa tenga acceso a la que tal vez sea la experiencia mas sublime del ser humano: el conocimiento.

El telégrafo, la radio, el teléfono, la televisión, el cine, no acabaron con las prensa escrita como se temía; ahora ni internet ni el correo electrónico sustituyen al reportero in situ, con todo su miedo y sus emociones en el lugar de los acontecimientos y que no ha perdido la fe en la palabra escrita: los medios amplían el método de transmisión de la palabra. No se acaban unos a otros: se complementan.

Somos los primitivos de una nueva era.

 

 

 

 

 

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