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Qué cosas tiene la vida. Quien iba decir que con el tiempo me iba a convertir en el director de un proyecto editorial  especializado en difundir los contenidos que genera el movimiento migrante internacional. Y lo digo porque jamás olvidaré mi encuentro con los migrantes que habitan en Madrid, España.

 

Todo empezó cuando conocí a José Eleuterio, un peruano que se convirtió en mi Virgilio por las tripas del metro en Madrid. El mismo fue quien me condujo hasta las puertas del periódico El País, para protestar contra la campaña negra que el mundo entero nos endilgaba por la gripa  mañosa que se inventó Felipe Calderón  para taponear los programas y acciones de la sociedad civil. Los latinos en bolita somos bomba ambulante . El peruano me conectó con los ecuatorianos, quienes al ver mi personaje Centinela Urbano, me pidieron que los acompañara al Barrio de Lavapies para volantear y difundir la lucha de los latinos migrantes en Madrid. Después de apoyarlos por espacio de una hora, me retaron a que ingresara al metro, a que desmintiera  esa peste que tan mal parado dejaba a México. Recuerdo que en uno de los vagones el azar me conectó con un videoasta, quien me pidió que dijera unas palabras para su lente. Años después descubrí que lo había colgado en el you tube.

 

Mis últimas dos noches en España, dormí en la casa del migrante, que en aquel entonces  se ubicaba en la zona de Vallecas. Y digo que se ubicaba, porque la catastrofe de Rajoy terminó por desaparecer estos espacios. Las estadísticas del manolo ya escalan los seis millones de “paraos”. Precisamente fue  el peruano Eleuterio quien me informó de la extinción de esa cosa donde disfruté la solidaridad peruana, donde gocé la comida peruana. Donde plácidamente leía a Miguel Delibes, mientras por la ventana atisbaba la noche madrileña.

Imagínense, era una casa que tenia una nutrida biblioteca y una escuela de oficios. Era  una delicia sentarse a la mesa para degustar la comida peruana entre africanos y ecuatorianos. ¿Por qué no te quedas? ¿A qué regresas a México?

Me hubiera encantado quedarme por una razón: es una fruición caminar por las calles de Madrid y sentir que la arquitectura se te mete por los poros. Pero el aire glacial ya barruntaba la peste del Generalísimo…

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