22

MIGRANTE AUN NO IDENTIFICADO

 

Es un acto épico multiplicado por millones. Lanzarse lleno de miedo a una otredad prometedora para convertirse en otro más, sumergido en la masa de inmigrantes que inunda a los países más desarrollados. Al migrante número 22 que perdió la vida en Tamaulipas el 23 de agosto de 2010 el acto audaz le costó muy caro. No alcanzó su destino y se hundió en el anonimato para siempre. No se conoce su nombre. Sólo se sospecha su origen. Se sabe cuál fue su objetivo y podemos intuir las esperanzas que lo animaron a lanzarse a una aventura azarosa. Su decisión forma parte del hecho social y cultural posiblemente más trascendente de nuestra época. Los flujos masivos de emigrantes transforman las identidades que parecían más sólidas, trastornan los equilibrios políticos más consolidados y dejan un rastro de agravios que niega la condición avanzada que muchos presumen como marca de nuestro tiempo. Son el emblema de una modernidad llena de cicatrices, de una causa de fracasos y de una multitud de vidas quebradas. El migrante número 22 acaso no lo sabía, pero formaba parte del centro mismo de la historia global. Marginal como seguramente se sentía, miserable y desempleado como las circunstancias lo obligaron a ser, al mismo tiempo murió aplastado por el peso de una Historia con mayúscula, central e inclemente, que se cuela por todos los poros de la vida contemporánea.

 

El migrante número 22 merece el respeto hacia aquellos que ni siquiera tuvieron oportunidad de morir por la patria. Los sacrificados por el delirio épico de la postmodernidad merecen los honores que los héroes patrióticos de antaño recibieron

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